Ojalá te acuerdes de mi
Alguna vez me preguntaste porque no había escrito nada
sobre ti, creo que cuando más emociones me sobrellevaban, estaba tan llena de
odio y decepción que cualquier escrito hubiese sido sencillamente patético, hoy
con el corazón más liviano te quiero agradecer por enseñarme a ser fuerte,
demostrarme lo mucho que puedo soportar y lo poco que debo perdonarme, porque
hay errores que vale la pena cometer. Aún conservo esa nostalgia que me brinda
recordar lo vivido, ahora somos dos extraños con memorias compartidas, me gusta
imaginar que miró por encima de tu hombro, que aún escuchas mis canciones,
conservas aquel par de medias remendadas y el dibujo en la pared o tal vez ya
te hayas mudado o lo hayas borrado.
Un día te pedí "no te enamores de mí" confiando en mi Alma de tahúr, quien hubiese sabido que iba a doler
tanto. Me quedo con tu olor el cual recuerdo con exactitud, la debilidad por
los chocolates Ferrero, las llegadas tarde al trabajo, las bromas en la
ducha, las botellitas de agua caliente en los pies, los globos que no nos
dejaron dormir, tus mensajes a las 3 de la mañana, las principales canciones de
tu grupo favorito, el gusto por el rap y te confieso el anhelo de un tatuaje.
Recuerdo cuando me alzabas para saltar del andén, tus bolsillos con gomitas de vitamina C y cada juguete de los kinder sorpresa, el seguir de tu mirada en el terminal de aquel 13 de enero, el mismo día
que enrede los ganchos de la ropa para que te acordarás de mí cuando ya no
estuviera.
Nunca nos faltó una razón para amarnos, cualquier lugar y momento
era perfecto para darle paso a la imaginación y bien sabes a que me refiero,
nunca nos faltó la caricia indicada, la mirada cómplice, las pupilas dilatadas,
los besos sedientos, uno por cada capricho. Pero ya ves, nada de lo anterior
fue suficiente para arriesgarnos a amar sin importar el qué dirán, y aunque
creíamos que lo nuestro era de esos amores que sobrepasan fronteras, aun así
cada quien decidió seguir su camino, inhibir las ilusiones, silenciar el
corazón, aún con lágrimas, gritos,
desesperación y palabras que fueron como puñales, con la suficiente sangre fría
de cualquier exconvicto ansioso de libertad y bajo la obligación de intentar
vivir con los pedazos que quedaban, era hora de dejar de pedalear.
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